Cuando el textil es ritual
Si en Asia el textil se ancla a la tierra, al cuerpo y a la memoria colectiva, en Oceanía el hilo se abre paso sobre el agua. Entre islas, corrientes y horizontes móviles, el tejido se convierte en escudo, pertenencia y vínculo en tránsito.
Ancestros, protección y saberes sagrados en Oceanía
En Oceanía, el textil no es un objeto separado de lo espiritual.
En muchas de sus culturas originarias, hacer con fibras es un acto profundamente ligado a lo sagrado, a la memoria de los ancestros y a las fuerzas que dieron forma al mundo.
Tejer, trenzar o enlazar no son solo técnicas: son maneras de activar un conocimiento antiguo, transmitido y protegido a lo largo del tiempo.
El origen del saber: espíritus y ancestros
A diferencia de otras culturas donde el tejido se atribuye a una única deidad creadora, en Oceanía el saber textil suele estar ligado a figuras ancestrales y espirituales que encarnan el hacer, el cuidado y la continuidad.
En la tradición maorí de Aotearoa (Nueva Zelanda), Hine-te-iwaiwa es una figura femenina asociada a los saberes transmitidos, al trabajo de las manos y a las prácticas que sostienen la vida comunitaria. Su presencia no se limita a un oficio específico, sino que atraviesa todas aquellas tareas que implican crear, proteger y acompañar.
El textil, en este marco, no se aprende solo: se recibe. Son las mujeres quienes transmiten el conocimiento, quienes sostienen la continuidad de los gestos, los patrones y los significados. Tejer no es solo una habilidad aprendida, sino una responsabilidad cultural: a través de sus manos se protege, se nombra y se vincula a la comunidad con sus ancestros.
Tejer como acto de protección
Las piezas textiles tradicionales de Oceanía —mantos, capas, envolturas—
cumplen una función que va más allá del abrigo. Son escudos simbólicos, creados para proteger el cuerpo y marcar momentos importantes de la vida.
En muchas comunidades, estas piezas se realizan para recibir a los niños, envolverlos y acompañar sus primeros pasos en el mundo. A los recién nacidos se les tejen canastas, espacios de abrigo y contención que no solo cumplen una función práctica, sino simbólica: recibir al niño dentro de una red de vínculos, cuidados y protección de la comunidad desde su primer momento. El textil se convierte así en una extensión del cuidado ancestral, un gesto material que sostiene y contiene.
Entre los textiles ceremoniales, las capas ocupan un lugar central. La korowai elaborado con fibras de muka, una fibra similar al lino procedente del phormium tenax, decorada con pompones; la kaitaka, una de las formas más prestigiosas de vestimenta, con las fibras de lino de mejor calidad, que les daban una terminación y brillo parecido a la seda; o la kahu huruhuru, capas en la que se agregaban plumas como decoración, donde las plumas de kiwi estaban reservadas exclusivamente para la realeza y líderes jerárquicos. Todas funcionaban como verdadero escudo espiritual, más que como abrigo.
No quiero dejar afuera a las tradicionales faldas de hierbas, esas que vemos en los bailarines de culturas maoríes, de la Polinesia o de Hawaii. Su nombre es piu piu, y lleva una cintura entretejida y un cuerpo de hierbas tubulares y secas, que emiten un suave sonido de percusión cuando se usan en la danza hula.
Un lenguaje que une cuerpo y territorio
En Oceanía, el mismo gesto que cubre el cuerpo también articula el territorio. Las prácticas textiles se vinculan al movimiento, al viaje y a la vida en comunidad. Trenzar y anudar es una forma de ordenar el mundo, de hacerlo habitable. En una geografía marcada por el agua, los textiles también fueron parte esencial de su sistema de transporte: la velas, sogas e incluso las embarcaciones se realizaban con fibras trenzadas.
Por eso, el textil no es solo indumentaria: es conocimiento aplicado, herencia viva y vínculo con el entorno natural.
Un saber vivo
El conocimiento textil en Oceanía no se conserva en textos escritos. Vive en las manos, en la repetición de gestos, en la observación y en el acompañamiento entre generaciones. Cada pieza guarda memoria, identidad y relación con lo sagrado.
Tejer, en este contexto, es recordar.
Ritual y cotidiano en una misma trama
Así, el textil no separa lo cotidiano de lo espiritual. Trenzar fibras para envolver un cuerpo o crear una pieza para proteger es parte del mismo lenguaje ancestral que construye embarcaciones y hogares.
Quizás por eso, todavía hoy, cuando trabajamos con las manos, algo de ese gesto antiguo vuelve a aparecer: la necesidad de hacer con sentido, de crear desde la memoria, de dejar una huella que conecte pasado, presente y comunidad.
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